viernes, 22 de mayo de 2020

Relatos de los días intrusos (III) - Las viejas distancias.


Limpio el polvo acumulado en el caballete durante estos días de encierro. Anoche repasé los pinceles, rompí trapos, comprobé el estado de la paleta de colores y sus recipientes. No había tocado nada desde la declaración del estado de alarma. Con la pandemia no sentía ninguna necesidad de pintar, confinado entre las cuatro paredes de mi pequeño apartamento. Un par de ventanas a un minúsculo patio de vecinos en el que apenas entra el Sol no me invitaban a levantarme del sofá. Y ahora volvería a la calle a plantarme en el mismo punto que hace dos meses, a enfrentarme al reto de capturar la luz y sus sombras, todos los matices, que están ahí, que tengo claros en mi cabeza, pero que no soy capaz de trasladar al lienzo. Soy un perdedor que está condenado por los dioses a tener la visión y no el talento.
En la misma hora que aquel 12 de marzo, cuando ya presentíamos que el futuro sería más incierto que nunca, impregno el pincel del azul del cielo, no el de entonces ni el de ahora, sino el que imagino. Me fijo en el encuadre, en las proporciones y aunque todo parece estar en su sitio, algo ha cambiado. Vuelvo a comparar el tablero con el espacio que tengo frente a mí. Apenas es perceptible. Pese a que hoy hemos vuelto al exterior, es un lugar muy transitado. Y nadie se da cuenta, o nadie quiere darse cuenta. Las sombras no caen de la misma forma ni sobre los mismos puntos. Me diréis que es normal por  el viaje de la Tierra alrededor del Sol. Me diréis que las palmeras han crecido o perdido ramas. No os voy a contradecir, pero tengo la sensación de que alguien, mientras nosotros estábamos encerrados, ha jugado con todos los elementos callejeros, los edificios y las aceras. Una vez terminado su juego, antes de que regresáramos, ha colocado las piezas en su lugar, pero no de forma exacta. Sé lo que me digo:  durante varios años, día tras día, he estado aquí, pintando cada detalle de esta plaza. Conozco las distancias como cada poro de mi rostro. Y os juro que no son las mismas.  

de Ricardo Popbelmondo