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miércoles, 16 de mayo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (68) - Arte conceptual.


Arte conceptual

Soy un cubo perfecto ideado por un artista contemporáneo. Desafiando  la ley de gravedad me mantengo en equilibrio sobre un vértice. Me instalaron hace tiempo en medio de la plaza frente al Banco Central. Tengo la impresión de que nadie me ha visto todavía, porque la gente pasa a mi lado sin detenerse, cabizbajos corren cargando la cotidianidad sobre sus hombros. Hasta ahora nadie se ha detenido un instante a contemplarme con asombro. Ni un atisbo de curiosidad en las miradas y eso que encierro universos en mi entraña y ofrezco al paseante una entrada gratis, seductora e iluminada. Un túnel de acceso a mis más íntimos secretos.
No será que no me ven porque soy pequeño, ya que tengo muchos metros de altura. No será porque soy feo, ya que mis líneas tienen la belleza de una geometría perfecta. Seguramente es porque les parezco un gasto inútil. Un estorbo, un objeto sin sentido en el mobiliario urbano. No saben apreciar los transeúntes, el mensaje de eternidad que represento. O tal vez, sí se han dado cuenta y es justamente por eso que me ignoran, porque han comprendido que yo seguiré estando aquí cuando todos ellos pasen a ser historia.

Por Marisol Calvelo



miércoles, 9 de mayo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (67) - Gripe mortal.



Gripe mortal

Todo empezó con un simple ¡achís!, un estornudo que provocó que perdiera su punto y final. Bueno, se dijo, qué es un punto y final más o menos, el lector lo achacará a una errata, si es que se percata de ello.
Pero es que al primer estornudo, le siguieron otros, y los signos de puntuación fueron desapareciendo como por arte de magia. En fin, pensó, me tacharán de relato experimental.
Aunque la cosa no quedó ahí, después de los estornudos, le apareció una tos bronca, como de fumador, y eso que los cuentos sólo fuman muy de vez en cuando, y con la tos se fueron desmoronando las descripciones, aquellas calles de París, el viejo café y la buhardilla de René.
Le subió la fiebre y empezó a delirar y en el delirio fue olvidando los diálogos, no de golpe, sino poco a poco, no fue doloroso pero sí triste.
Al tercer día empezaron las diarreas y con ellas se fueron los personajes, René y la novia de René, que no le caía nada bien, y la amante de esta.
Ahora, en plena agonía, trata de recordar una trama que le dio vida, pero sólo quedan unos pocos hilos de los que tirar, cada vez más débiles, cada vez más difuminados.
No sabe qué tiempo le queda, pero teme el momento en que pierda el título, el folio en blanco siempre le dio pánico.

 Por Ricardo Sanz


miércoles, 2 de mayo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (66) - Representación gráfica.


Representación gráfica

Busco un motivo para grabar en agua fuerte. Una forma, una sombra, una letra. Algo sencillo y claro para hacer un logotipo que represente  mi tristeza. Quiero que sea fácil para poder atraparlo de un pincelazo.
Escudriño mi entorno mirando atentamente, pero lo que veo no me dice nada. Todo me parecen formas ridículas, imposibles, complicadas, inadecuadas para lo que busco. Desanimada por lo infructuoso de mi  intento, me siento a rumiar el tema en mi viejo sillón de orejas, con la mirada perdida en ninguna parte. De pronto, mis ojos se quedan atrapados en una grieta. La veo serpenteante y negra subir como un lagarto por la tapia del patio. Destaca sobre la pared encalada como una herida hecha por el tiempo. Aquí y allá un desvío, una profundidad, una aspereza. Es justo lo que estoy buscando,  pienso sobresaltada,  la gráfica perfecta.
Cojo el pincel con resolución y lo mojo en tinta negra. Sobre la plancha de cobre, mi mano vuela. Sumerjo la placa en el ácido, humea. El negro se vuelve verde, burbujea. Contemplo la alquimia con la curiosidad de un principiante esperando ver el resultado. Es fascinante. En el papel, la grieta se volvió un borrón sin importancia, apenas una nube de tormenta.


Por Marisol Calvelo.




miércoles, 25 de abril de 2012

Microrrelatos de Mercurio (65) - Abducción.




Abducción

Estaba andando tranquilamente, los caracoles siempre andamos tranquilamente, si no,  no seríamos caracoles, seríamos liebres o coches o ejecutivas.
Y de repente me abdujeron. Una poderosa fuerza tiró de mí, me elevó por los aires y me dejó caer en un recinto oscuro lleno de caracoles. Pero no me alarmé, los caracoles vivimos aquí y ahora, y eso que no hemos hecho ningún cursillo de desarrollo personal ni estamos adscritos a ninguna corriente espiritual.
Así que me dediqué a disfrutar de aquella orgía en la que había caído. Los caracoles, ya se sabe, somos hermafroditas y aquello era un todos con todos que chorreábamos baba hasta por las orejas, es una expresión, pues ya se sabe que los caracoles no tenemos orejas.
En lo mejor de la bacanal, esos seres que nos habían abducido, nos echaron en un caldero lleno de agua hirviendo, ahora parezco más una pasa que un caracol, sigo consciente porque, como todo el mundo sabe, el alma de los caracoles es inmortal.
Por eso no tengo ningún miedo a ese alfiler con el que alguien, seguramente algún ser superior, hurga en mi concha en busca de un cuerpo hecho una pasa que no tiene ninguna importancia.
Espero reencarnarme en una tortuga o, mejor, en una piedra, que es más lenta.

Por Ricardo Sanz


miércoles, 18 de abril de 2012

Microrrelatos de Mercurio (64) - Investigación criminal.


                        Investigación criminal    
               
     La relación ha fallecido de muerte natural, decía el informe de los allegados. No obstante, para Suárez, un apasionado de la novela negra,  no estaba tan claro el asunto. No descartaba el suicidio, cualquier relación puede sufrir una depresión y lanzarse por la ventana;  ni el asesinato, un golpe certero en los cimientos y se acabaron la dulzura, los te quiero y los besos; un empujoncito con mala leche desde la terraza y a la mierda la relación; y no digamos, una buena dosis de resentimiento disuelta a diario en cada gesto, eso la habría  envenenado lenta, pero certeramente y sin dejar huellas. Sin embargo, Suárez era un tipo listo, listo como el hambre. Abrió los grifos de agua caliente del baño y tras unos minutos, el vaho le permitió leer una nota garabateada en el espejo con dedo tembloroso: “Lo siento, no puedo más, o acabo con esta  relación o la relación acaba conmigo”.

Por Maribel Martín.


miércoles, 11 de abril de 2012

Microrrelatos de Mercurio (63) - Abrazo de espuma.

Abrazo de espuma

Era verano. La playa estaba repleta de gente y de niños que se  refrescaban jugando en la orilla. Había mar de fondo. Un banderín amarillo prevenía a los bañistas del riesgo de marejada.
De repente, una joven que hacía horas se tostaba al sol, saltó de su toalla, corrió veloz sobre la arena abrasadora y sin pensárselo dos veces, se tiró de cabeza bajo la primera ola que rompió bajo sus pies, sumergiéndose completamente bajo la espuma.
El revolcón que le dio fue tremendo. Boqueando sacó la cabeza del agua. Era evidente que le faltaba el aire. En su desesperación aleteaba como una gaviota herida. Ví como su cuerpo iba y venía a la deriva del oleaje, y que sus brazadas desesperadas, apenas podían mantenerla a flote.  
Alarmados, los adultos que seguimos el suceso, arrojamos tablas salvavidas y tratamos de alcanzarla nadando con pericia. Fue el hombre con brazos de espuma el que llegó primero. Se fundió con ella en un abrazo húmedo y juntos desaparecieron mar adentro, mientras llegaba el atardecer con el sol poniéndose en rojo.

Por Marisol Calvelo.


miércoles, 4 de abril de 2012

Microrrelatos de Mercurio (62) - La escritora.


La escritora

Calienta la imaginación, afila la lengua, desenfunda el boli y se deja ir hacia las azules costas de la infancia, hacia el verde mar plagado de quimeras de sus años jóvenes, hacia los rocosos acantilados de los miedos; se adentra en la cueva de sus más inconfesables obsesiones; deambula por oscuras callejuelas por las que vagan estrafalarios personajes; se pierde en el bosque encantado de los objetos cotidianos; contempla la tormenta eléctrica de sus intuiciones más certeras; se deja arrastrar al pozo sin fondo de los aromas clavados para siempre en su memoria; vuela en cielos por los que cabalgan indómitos caballos negros; se detiene en plazas en las que las farolas conversan con las papeleras; se hunde en el cenicero de los sueños espachurrados como colillas por el tiempo; pasea entre doradas dunas por las que caminan los muertos que la alumbran; se recrea en los huertos de palabras que crecen sin trampa; se embarca en sus más íntimas fantasías; se deja acompañar de sus fantasmas; se baña en un lago de lágrimas cristalizadas; retoza en dementes carcajadas; se tumba entre las virutas del tiempo acumuladas en la carpintería de los días; se encierra en un armario lleno de cajas vacías; pasea por jardines de músicas jamás oídas; entra en tugurios para respirar el humo de la vida; rehúye el pantano de las certezas y se baña en la cascada de las dudas. Y luego, poco a poco, regresa, siendo otra.

Por Ricardo Sanz


miércoles, 21 de marzo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (61) - La hora del baño.


                           La hora del baño

 –Mamá, de mayor quiero ser marinero.
 –¡Muy bien, mi capitán! –contestó la madre mientras frotaba la espalda del niño–. Pero de momento, no sueltes el timón –añadió la mamá con voz de pirata socarrón– o tu barco naufragará –le explicaba, mientras acercaba navegando por el agua la balsita, que ella misma había tallado en una patata y  le había pintado una calavera, al  barco pirata Playmobil de su hijo –. No te guíes solo por el tamaño de tu embarcación –le advirtió la madre– aunque la mía parezca insignificante junto a la tuya, te puede vencer –le susurró al oído, mientras acercaba su barquito de patata a la barriga del chiquillo y le hacía cosquillas. El niño se reía y la mamá se lo comía a besos, besos de pirata, claro.


  Por Maribel Martín


miércoles, 14 de marzo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (60) - Grabado en la mente.



                                  Grabado en la mente

Un destello le iluminó la mente, se le apareció la verdad ante sí. Él, que se había deshecho de sus miedos, que por vez primera no pedía perdón por vivir, se derrumbó como castillo de naipes  ante una leve brisa. Elena había desaparecido de la casa. El mundo le pareció más oscuro que antes. Sus compañeros de trabajo le habían tejido una tela de araña en la que había caído como una vulgar polilla. ¿Cómo podía haberse creído que la exuberante Elena estaba enamorado de él? Él, un pobre hombre que se amilanaba con solo escuchar su nombre. Ahora se encontraba enfrente de aquella webcam vestido con medias de rejilla, zapatos de tacón, liguero y un collar de perro alrededor  de su cuello. De su amada sin corazón, no había rastro. Solo ante aquel ojo vigilante sin vida. Solo ante la fría maquina, a través  de la cual  se sabía observado  por sus compañeros de trabajo, que no tardarían en colgarlo a youtube. Después de unos instantes en blanco no lo dudó, sus compañeros tendrían algo más de qué hablar. Raudo se subió a una silla, alzó las manos para atar la correa de perro al ventilador del techo y dándole una patada a la silla, cayó rompiéndose el cuello en el acto. De algo estuvo seguro un segundo antes de morir: sus compañeros nunca lo olvidarían. Se les quedaría grabado en la mente aquel hombrecillo pusilánime.

Por Fran Galán



miércoles, 7 de marzo de 2012

Microrrelatos de Mercurio (59) - Si yo fuera Dios.



Si yo fuera Dios

Si yo fuera Dios, viviría como Dios. De eso estoy seguro. Sería Omnisciente, es decir, no tendría que estudiar ni leer el periódico ni navegar por la red porque ya me lo sabría todo, estaría todo el día tumbado en mi hamaca celestial con la mente en blanco, que es como te quedas cuando ya te lo sabes todo. También sería Omnipresente, tendría el don de la ubicuidad, así que a la mierda el bonotransporte. Si yo fuera Dios no existiría el transporte público ni el privado ni la teletransportación, porque como ya estaría en todos los sitios, no tendría que ir a ninguno. Y, por supuesto, sería Omnipotente, pero eso no me serviría de nada, porque para qué quieres utilizar el poder cuando eres Omnipotente, queda como muy abusón. Si yo fuera Dios no habría creado nada.
Y la realidad es que yo soy Dios y no he creado nada. ¡Pues no tengo otra cosa que hacer, crear un mundo en siete días!, ¡qué bullas!  Lo que sucede es que hay mucha literatura, aunque sea literatura sagrada. Así que siento decepcionaros, no fuisteis creados por mí, y si yo no os creé, no existís, ¿cómo lo veis? ¿A que jode?, tanto sufrimiento, tanta comedura de tarro para nada. No existís. Y punto. Pero no sé qué hago yo perdiendo el tiempo con estas explicaciones, aunque en realidad el tiempo no se puede perder porque no existe y no existe porque yo soy Dios y soy Eterno. Y Divino, porque Divino se es, ni se nace ni se hace. Y ni se os ocurra hablarme del Hijo ni del Espíritu Santo, tres en uno es el aceite que utilizo para que no chirríe mi hamaca celestial.


Por Ricardo Sanz


miércoles, 29 de febrero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (58) - Asesinato con alevosía.


                            Asesinato con alevosía 
                                
Giran las ruedecillas dentadas de mi despertador con tal lentitud esta noche, que el tiempo no pasa. Lo traqueteo. Lo pongo bocabajo y bocarriba una vez más. Le doy cuerda. Su tictac me responde. Está vivo y sus manecillas se ríen de mí con grandes carcajadas a cámara lenta. Me desespero. No pasan las horas, solo remolonean encendiendo mi ira. ¡Hace tiempo que debería haber cambiado esta antigualla por un moderno radio-despertador de horas parpadeantes y luminosas! Fijo mi atención en el segundero mientras se despereza. Consigue obnubilar mi conciencia por unos segundos que parecen minutos, cuando un estridente, metálico e imparable ring destroza mis oídos, acelera mi corazón al borde de la taquicardia y me hace incorporar el tronco como el vampiro que sale de su ataúd hambriento de sangre. Revoleo el maldito despertador contra la pared de enfrente destripándolo por fin. Chorrean las horas, y los segundos salpican mi cara. Ahora soy yo quien ríe ante su cadáver desmembrado.  

Por Maribel Martín



miércoles, 22 de febrero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (57) - Gato Alberto.


                                   Gato Alberto                    
Alberto no era un gato cualquiera. Era el gato preferido de la gente del pueblo. No tenía  amo, pues nadie lo quiso cuando apareció por la plaza de la iglesia. Así que todos eran su dueño, pues todos lo alimentaban  y le dejaban entrar a sus casas cuando le venía en gana. Con los siguientes gatos que aparecieron no pasó lo mismo. Alberto fue el primero y sería el último en ser tratado así.   Un día, dos vecinos que no tenían mucho que hacer empezaron una discusión sobre cuántas vidas  le quedaban al gato Alberto. A la discusión, poco a poco, se fueron agregando el carnicero, la panadera, la frutera…, así hasta desencadenarse una trifulca de mil  demonios.    
 “No, que la caída del campanario  era la quinta, no esa era la cuarta, la quinta fue la de la coz del mulo de Ezequiel. ¡ No!, que esa fue la sexta”. Así toda la noche del domingo.
A la mañana siguiente, de vuelta con la discusión. En esas, Herminia estaba haciendo el puchero adonde el gato fue a parar. La explicación de la abuela Herminia: “aquel gato no esperó a su séptima vida y cayó en la olla del lunes”.
Nunca se supo lo que realmente sucedió, pero ese fue el final del gato Alberto.

Por Fran Galán.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (56) - Dreamer3000.


                  Dreamer 3000.

 Enhorabuena por adquirir nuestro producto. Tiene entre sus manos, el mejor catálogo para sueños del mercado. Le aseguramos que quedará satisfecho con su compra, y si no fuese así, pues que le diesen por culo.
Empezaremos por una clasificación para que elija entre:
-amorosos
-eróticos
-de miedo
-de ansiedad
-de superación
-de infancia.
Hay otras clasificaciones, pero para el neófito con esta tenemos para ir tirando.
         A continuación  describimos el proceso en tres sencillos pasos. A saber:
A) Visionar DVD “BORRADO DEL PASADO” hasta no acordarse de qué es lo que se estaba haciendo.
B)  Visionar DVD elegido de la clasificación suministrada.
C)  Soñar hasta no acordarse de que se estaba soñando.

          Nota importante: del apartado A) al B) se requiere asistencia de un auxiliar de máxima confianza.
Incompatibilidades: manejo de maquinaria pesada y asesoramiento político-económico.

 Por Jose Manuel Martín


miércoles, 8 de febrero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (55) - Laberinto.


Laberinto

Entraste sin saber que no tenías escapatoria, primero como un juego, más tarde por pasar un buen rato, poco después y sin creértelo fue una necesidad que cada vez se te hacía más grande.
Cuando decidiste salir, no pudiste tú solo. Con ayuda tampoco. Cuando por fin lo conseguiste, fue demasiado tarde.
Catorce años engañándote a ti mismo, mermándote día a día. No pudiste escapar de ese laberinto maldito que te fue atrayendo por minutos, por segundos, hasta quedar a merced de los demás.
Con tu cabeza intacta pero sin fuerzas, acabaste sin ilusiones y sin vida.

Por Carmen Agudo


miércoles, 1 de febrero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (54) - Despertar.


Despertar

Lo que me temía, mis sospechas eran ciertas, ni yo soy yo ni esta realidad es real. Lo había pensado a menudo, mientras veía los telediarios, cuando observaba a mis hijos sin que se dieran cuenta, en el metro camino del trabajo; y es que nada parecía tener ni pies ni cabeza. Así que me propuse averiguar qué estaba ocurriendo y lo he descubierto: hay un tipo, por decirlo de alguna manera, porque en realidad es un ser viscoso y algo opaco, con ojos de sapo y mente de alquitrán, que me está soñando. Lo descubrí mientras estaba orinando, acababa de terminar y me la iba a sacudir, como hacemos los tíos después de mear, y me dije, pues no, hala, hoy no me la voy a sacudir, y me la guardé en el calzoncillo y cerré la bragueta y pensé, ajá, te he pillado ser viscoso y opaco con ojos de sapo y mente de alquitrán, puedo mear, no sacudírmela y no manchar el calzoncillo con las últimas gotas.
A continuación desabroché el pantalón con una seguridad que nunca había conocido en mí, me lo bajé, luego hice lo mismo con el calzoncillo y, ajá, no estaba manchado. Todo es obra de ese tipo viscoso y opaco con ojos de sapo y mente de alquitrán que sueña que me la tengo que sacudir y ver los telediarios y preocuparme de mis hijos e ir todos los putos días en el puto metro al puto trabajo. Pero se acabó. El calzoncillo está limpio y, al fin, soy libre.

Por Ricardo Sanz


miércoles, 25 de enero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (53) - Regalo nocturno.


Regalo nocturno

 Madrugada. Suena el timbre de  mi casa. Cuando abro la puerta me encuentro con una caja negra sobre el felpudo. En el pasillo, nadie. Escucho que el ascensor desciende y corro hasta el hueco de la escalera para asomarme y ver quién sale. No tengo suerte. Se apaga la luz del rellano y me quedo a oscuras. Tanteando la pared vuelvo sobre mis pasos.  Atónito contemplo la caja de gran tamaño sin atreverme a tocarla. Me siento ridículo aquí parado, dubitativo y en pijama. Cojo la caja y resoluto, entro y la deposito sobre la mesa de la cocina. No lleva ninguna nota. Me sirvo un coñac, bebo unos tragos y por fin, decido abrirla. No las tengo todas conmigo. Con mucho cuidado, levanto la tapa. Dentro, hay otra caja. Esta es verde. Como pasa con las muñecas rusas, cada caja contiene otra, más pequeña y de diferente color.  Por fin llego a la última, es roja. Cuando la abro, me encuentro con los zapatos negros con tacón de aguja, que llevaba Lola la última vez que nos vimos. Excitado, corro al salón en busca del móvil. La llamo, pero no me lo coge. Regreso a la cocina. La vista de los tacones de Lola sobre la mesa, me hace hervir la sangre. La vuelvo a llamar. Quiero saber qué significa este regalo nocturno. Apenas llama una vez y  salta el contestador. ¡La hijaputa ha apagado el móvil!  

Por Marisol Calvelo.


miércoles, 18 de enero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (52) - La secuela.

La secuela

Que no se me juzgue; no fui el primero, no seré el último. Lo curioso es que quien suele acusarme, nada compuso, no pinta nada. No sabe pero sí contesta.
Yo, señores, llevo toda una vida escribiendo la misma historia. Ahora, al final de mis días, lo reconozco.
Yo, de joven, escribí una novela que ganó un premio; con el tiempo escribí una novela corta que, ahora asumo, nació de la primigenia; de ahí surgió un cuento. Yo pulo, interpreto la misma pieza. Quito la paja sobrante. Más adelante creé un relato en el que después basé un relato corto. Yo despojo de lastre, busco la esencia. Afino. Después llegó un minicuento, un microrrelato que destilé en un aforismo, y éste en un pensamiento. Yo busco la sabiduría y la encierro en un frasco pequeño.
Y al fin llegó el final, y el resultado es éste que a continuación les muestro:

 Benjamín Núñez.



miércoles, 11 de enero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (51) - Nubes amarillas.


                              Nubes amarillas

Como ovillos de lana, nubes amarillas adornaban el cielo. Tormenta de pelusas de algodón revolvían el paisaje amarillento. Una hebra de la madeja colgó hacia el suelo y una niña sin miedo trepó por ella hacia un espacio de cuento. Sus cabellos rubios  trenzados querían ser nubes de aquel momento. Su lazo rojo voló con el viento y un trueno soltó un lamento. La hebra de la nube amarilla subió a la niña hasta su centro y con unas agujas de hacer punto tejió un firmamento y un sol muy contento. Los árboles sonrieron formando un ruedo y un gato maulló sin consuelo. Fue un perro el que le ladró a la luna cuando estaba saliendo y el rayo corrió hacia otros derroteros. Enfrascada en sus labores, la niña olvidó la merienda y su mamá la llamó a los cuatro vientos. Tejiendo sin parar, agotó la niña el ovillo y desapareció junto con las nubes amarillas en el telar de su cielo.

Por Maribel Martín


miércoles, 4 de enero de 2012

Microrrelatos de Mercurio (50) - La huida de un cuento.


La huida de un cuento

Un cuento se ha ido, así, sin más, sin decir ni pío, sin dar ninguna explicación. No era un gran cuento, era pequeñito, una cría de cuento, un microcuento. No trataba sobre ningún gran tema, no hablaba de amor, no había ningún loco, no moría nadie. Era un cuento sobre algo insignificante. Lo recibí con los brazos de la imaginación abiertos, lo acuné en mis palabras, dejé que jugara en las frases, que retozara en su propia trama. Pero no cogí el boli y él se debió sentir ignorado, quizá traicionado. Sí, fue de mi molicie de la que huyó. Un cuento se ha ido y me ha dejado con el alma llena de un amor no expresado; loco, exprimiendo mis neuronas, rastreando como un poseso esos circuitos eléctricos con el deseo de encontrarlo en cualquier cuneta haciendo autostop y estoy que me muero de rabia contra mí mismo y de tristeza. Amor, locura y muerte por un cuento que huyó de mí y que no iba de nada de eso, que se ha ido sin dejar ni siquiera una nota de despedida a buscar a otro menos zopenco que yo.

Por Ricardo Sanz.


miércoles, 28 de diciembre de 2011

Microrrelatos de Mercurio (49) - Ratos de insomnio.


Ratos de insomnio

 Me despierto en medio de la noche, los ojos como platos completamente desvelada. En el delirio del duermevela en que caigo, me imagino que  subo por una escalera de mármol en una casa victoriana.  En el primer piso me tropiezo con dos puertas. Están cerradas. Abro la de la izquierda y enciendo la luz. La habitación está vacía y no tiene ventanas. El ambiente claustrofóbico que escupe me horroriza. Cierro la puerta con prisa y espero a recuperarme del susto para abrir la otra. El contraste no podía ser mayor. En ésta, la claridad entra a raudales por la claraboya del techo inundando de luz el ambiente. Las paredes son blancas y el suelo está enlajado en turquesa. Una hamaca paraguaya cuelga en el centro como sonrisa olvidada. Entro y me acomodo en ella. Siento  su abrazo  mientras me columpio suavemente. Los reflejos del sol en el ambiente me traen a la memoria lejanas marinas. Con trazo decidido vuela mi mente sobre las paredes vacías, regalándome palmeras y playas de arena fina. El tiempo pasa al compás de las olas que rompen en la orilla. Mis ojos se pierden en la lejanía del lucernario. Aletargada, espero que asomen las estrellas por esa ventana abierta al cielo. Tengo suerte porque la noche llega sin luna. El fino polvo de las estrellas fugaces cae silencioso y se posa sobre mis párpados cansados. Estridente, suena la alarma del despertador. Trata de romper la magia del instante, pero la ignoro. Dejo que se desgañite. Hoy no pienso bajarme de la hamaca ni mojarme los pies. 

Por Marisol Calvelo.