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jueves, 29 de mayo de 2014

En los libros todos amamos lo que nos queda por leer.


Un placer doloroso, un dolor dulce. Este es el sentimiento que normalmente me inunda cuando me doy cuenta de que una vida no basta para leer todo lo que hay que leer, lo que tengo que leer, lo que debo leer, lo que quiero leer, lo que aún ni siquiera sé que necesito leer.

Dice Vargas Llosa que lo más importante que le ha pasado en la vida fue el aprender a leer. Yo no sé si me atrevo a tanto, pero si no es “lo más” es “de las cosas más” que me han pasado a mí también. Lo que es seguro es que uno de los días bendecidos de mi vida fue aquel en que mi hermano mayor me dijo que era mucho más divertido si leía lo que ponía en el interior de las viñetas del cómic de Los Pitufos que tenía entre las manos. Lo recuerdo como si fuera ayer. Fue el primer deslumbramiento. Deslumbramiento entonces y exactamente el mismo tantos años después. Sigo siendo la misma lectora que enloquece de amor ante una historia que te hace pensar en la existencia de dios, porque no es posible que un simple mortal sea capaz de escribir eso, escribir así, que sigue sintiendo un amor infinito ante aquellos que dedican su vida a contarnos historias y sin los cuales mi vida sería mucho más gris e insulsa. Personas que tras entrar en mi vida no entiendo cómo he podido vivir sin ellas.

Me da frío pensar cuánto me queda por leer. Cuántos libros miran desde la estantería, unos burlones, otros aburridos Y ahí están. Y llegará su momento. O eso espero. Y qué felicidad inmensa, que acelerón del pulso al saber cuántos otros hay que aún no  sé siquiera que existen, y cuántos que aún no se han escrito. Amor por ese deslumbramiento que ha sido capaz incluso de violar las leyes de la naturaleza y me ha descubierto a veces leyendo a oscuras, tardes gloriosas en un estado de abducción tal en las que he cerrado un libro cuando hacía tiempo se había ido la luz. Como si me hubiera transmutado en búho.

Don Quijote leyendo libros de Adolf Schrödter

jueves, 24 de abril de 2014

En los libros todos amamos contar una y otra vez la misma historia.


Seguro que a todos se nos ha ocurrido alguna vez una historia y hemos pensado, conteniendo la respiración,  que se ha encendido una nueva luz en el universo.  En ese mismo momento y antes de lanzar las campanas al vuelo,  hemos de recordar que al menos hay dos cosas imposibles de crear en este mundo.  La primera: un verbo nuevo para la tercera conjugación española. La segunda: un argumento. En literatura todo está inventado y solo cambia la manera de contar las cosas. Por eso es tan importante cómo se cuenta, cómo dibujamos a los personajes: qué rama nueva podemos hacer salir al árbol que ya existe. El crítico literario Christopher Booker nos dice que son solo siete los posibles argumentos en literatura. Y efectivamente, cualquier título que hayamos leído puede ubicarse en una de estas categorías.  Que el ser humano desde que inventó la escritura y necesitó explicarse el mundo a través de la ficción lo haya hecho siempre basándose en las mismas historias produce escalofríos: somos los mismos desde siempre. Por lo tanto, la búsqueda de la originalidad no está en el qué. Siempre va a estar en el cómo. Para Booker, toda historia está contenida en uno de los siguientes siete temas.

Ilustración de Fernando Vicente (extraída de aquí).

jueves, 27 de marzo de 2014

En los libros todos amamos la no ficción.


¿Quién dice qué a quién por qué canal y con qué efecto?  Este es el llamado Paradigma Lasswell de los años 40 del siglo pasado y que derivó en el famoso “qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué”: Las seis preguntas a las que tenía que responder, y  preferiblemente por ese orden, todo artículo periodístico ortodoxo. Dando respuesta a estas cuestiones el periodista cumplirá con su función, que no es otra que la de decirle a otra persona qué está pasando. Lo que pasa también es que escribir con escuadra y cartabón dentro de una plantilla solo es digerible por quienes no quieren mirar más allá del muro. Y siempre habrá alguien enamorado de los muros porque ha nacido para demolerlos. Suele darse también la feliz circunstancia de que no sea solo una persona la que llega como Atenea: dado martillazos al padre desde su interior. Suele ser un grupo que coincide en un entorno de espacio tiempo perfecto para dar sus frutos. Los años 60 en los EEUU, esa época vertiginosa de cambios sociales y culturales, fue retratada como se merecía por una nueva ola de periodistas que reinventaron el reportaje, lo hizo suyo, lo situaron en el lugar que merecía y afirmaron desde la absoluta perfección de sus plumas que se podía hacer periodismo como nunca antes se había hecho. Porque entendieron que no basta con dar la noticia: hay que llenarla de significado. Hacer que importe.  

El 15 de noviembre de 1959 los cuatro miembros de la familia Clutter fueron salvajemente asesinados en su casa, de Holcolmb, un pueblecito de Kansas. Dado que los Clutter eran una familia a la que no se le conocía problema alguno con nadie, no se encontraban las claves por las que empezar a buscar a los asesinos. Cinco años después, Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de sus muertes. Con estos mimbres Truman Capote compone A Sangre Fría y sin saberlo crea y bendice al “nuevo periodismo” y a la “novela de no ficción”. Durante cinco años la prensa va informando sobre el curso de la investigación, cuando se identifica a los asesinos se escribe sobre ellos, cuando se les ahorca, este nuevo homicidio se cuenta con pelos y señales. Qué hace Capote para reinventar todo: Hablar horas y horas con los asesinos. Hablar horas y horas con los vecinos del pueblo. Empaparse del sustrato local. En qué trabajan, con qué se divierten. Qué les une, qué les separa. Nos habla del horror que provoca mirar a tu vecino de una nueva manera, porque este que te vende el pan, tal vez, podría ser el asesino. Pero ¿por qué consigue que algo ya sabido sea capaz de hipnotizarnos? Porque sabe todo lo que hay que saber de lo que nos cuenta, porque su escritura fluye desbocada y porque Capote nació con el don de ver las dos caras de la tragedia. A Sangre Fría, novela o reportaje, da igual. Es simplemente, perfecta. Para muestra, un párrafo del primer capítulo: …Hasta una mañana de mediados de noviembre de 1959, pocos americanos -en realidad pocos habitantes de Kansas- habían oído hablar de Holcomb. Como la corriente del río, como los conductores que pasaban por la carretera, como los trenes amarillos que bajaban por los raíles de Santa Fe, el drama, los acontecimientos excepcionales nunca se habían detenido allí. Los habitantes del pueblo -doscientos setenta- estaban satisfechos de que así fuera, contentos de existir de forma ordinaria... trabajar, cazar, ver la televisión, ir a los actos de la escuela,  los ensayos del coro y a las reuniones del club 4-H. Pero entonces, en las primeras horas de esa mañana de noviembre, un domingo por la mañana, algunos sonidos sorprendentes interfirieron con los ruidos nocturnos normales de Holcomb (...) En ese momento, ni un alma  oyó en el pueblo dormido cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientemente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez... esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran.”


jueves, 27 de febrero de 2014

En los libros todos amamos andar nuestro propio camino.


 Si uno nace español y poeta, y además en 1875, está permitido pensar que los dioses se han ensañado. Esto es lo que le pasó a Antonio Machado, de cuya muerte se acaban de cumplir 75 años.  Posiblemente se podría escribir una Historia de España desde 1875 hasta 1939 leyendo sus poemas,  pero lo que es seguro es que gracias a ellos podemos saber quién fue Machado y por qué 75 años después le seguimos necesitando. Dejó escrita su biografía en sus versos. Lo que amó, lo que odió. Su lucha y su derrota. Un poeta que apuró el cáliz hasta la última gota.


“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi  juventud,  veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero
(…)”

jueves, 30 de enero de 2014

En los libros todos amamos asomarnos al abismo. El Ser y la Nada.


“Como Sísifo condenado a subir eternamente su piedra, así estamos los hombres, condenados a la libertad de construirnos nosotros mismos a cada instante.” Jean Paul Sartre. Como movimiento filosófico, el existencialismo, que tiene sus antecedentes ya en el siglo XIX, se desarrolló en Europa, primero en Alemania y luego en Francia como consecuencia de la tremenda crisis moral provocada por las dos guerras mundiales. El mundo dejó de ser un lugar apacible y el proyecto ilustrado de una humanidad que conquistaría la justicia y el bienestar social con la sola fuerza de su razón fracasó por completo. Ni siquiera la ciencia o la técnica se mostraban útiles para mejorar el mundo. El hombre convertiría en instrumentos de devastación todos los saberes.  Hubo quien no tuvo fuerzas ni para abrazar ya esta corriente y pegó un portazo, como Zweig. Imaginar el estado en el que se encontraban los escritores tras las dos guerras mundiales solo es posible si nos atrevemos a enfrentarnos al abismo. Qué función tenían ellos. Para qué servía su trabajo. Si la ilustrada Europa había causado 80 millones de muertos en su espiral del locura, qué sentido tenía todo. Miedo me da que no hayamos aprendido lección alguna. Como alguien dijo alguna vez,  de todos los –ismos, solo ha quedado el abismo. A él nos asomamos temiendo no encontrar ningún asidero.

“Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, fueron a detenerlo una mañana.” Imaginemos que un buen día unos guardianes de la ley aparecen en nuestra casa para detenernos. ¿De qué se  nos acusa? No lo sabemos, no nos lo dicen. ¿Ante quién hemos de comparecer? No lo sabemos, no nos dicen. ¿Quiénes son los miembros que forman el Tribunal o qué es el Tribunal mismo? Ni lo sabemos… ni lo sabremos. Pues bien, esto es lo que le pasa al ciudadano Joseph K. en la narración de Kafka “El Proceso”. Y aunque lo parezca, Joseph K. no es el principal protagonista del texto, sino que lo va a ser el mismo Dios, metamorfoseado en Estado. Porque, según se nos informa: “El Tribunal no es muy conocido por la población”, es decir, es invisible, pero su sombra se distribuye por todas las casas, por la vida cotidiana de la gente, lo llena todo. Es cuanto hay. Y porque Dios se ha convertido en Estado no habrá escapatoria. Lo grande de este texto es que lo sabemos nada más comenzar a leerlo: que el protagonista es inocente. El terror viene con lo que tememos: que nunca vaya a saber de  qué se le acusa y que no pueda hacer nada para evitar ser ejecutado.  Kafka escribió esta novela a golpe de euforia y depresiones, abandonándolo y retomándolo en diferentes momentos. Félix de Azúa ha dicho que más que una obra artística, “El Proceso” es un documento: “el documento apropiado que precisaba la época de acabamiento del arte, el documento que simboliza, no una nación o una sociedad, sino a toda la especia humana del siglo XX”. Podemos pensar que nosotros no actuaríamos como Joseph K, que nos negaríamos aceptar que nos detengan sin justificación alguna. Pero, teniendo en cuenta que son los miembros del Tribunal quienes lo hacen, los guardianes de la ley, ¿de verdad pensamos que reaccionaríamos de otra manera? ¿Realmente pensamos que somos diferentes? Yo no lo creo.

jueves, 26 de diciembre de 2013

En los libros todos amamos empezar lo que se acaba.


 Scrooge, el protagonista del Cuento de Navidad de Dickens lo resume todo: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año”. No vamos a tener la suerte de que un fantasma se nos aparezca para darnos un buen tirón de orejas y poner perspectiva en nuestras vidas. Por lo tanto, terminado el día grande de la Navidad, próximos ya a despedir el año y esperando ilusionados a que vengan los Reyes, es el momento perfecto para enfrentarnos al “Tiempo de Reflexión”, aprovechando que estamos todavía bien pertrechados de espíritu navideño. Porque se va el año y por mucho que una intente evitarlo, se ve haciendo inventario de lo que han dado de sí estos 365 días. Y acaba pensando que no han cundido todo lo que deberían. Y eso no puede ser. En estos momentos quizá más de uno pensamos que se quedaron muchas cosas por hacer, algún propósito por cumplir, que hemos sido egoístas y no hemos dado todo lo que podíamos dar, que nos hemos quejado más de lo que hemos disfrutado, que la lista de los agravios la tenemos al día pero la de los agradecimientos la actualizamos de tarde en tarde... Y lo peor de todo: Que ha quedado sin gastar excedente de cariño en el pecho. Pero pronto llegan otros 365 días nuevecitos y a estrenar. Y volvemos a emocionarnos, a pensar que sí, que este año sí, que es posible, que lo vamos a lograr. Pues logrémoslo entonces. Como Scrooge, mantengamos este espíritu. Nos vemos con fuerzas para arrancar, aunque no tengamos muy claro de dónde vienen. En estos días en los que se mezclan en un cóctel a veces lacrimógeno nostalgia y esperanza no solo nosotros echamos la vista atrás, son muchos los escritores que han reflexionado sobre la pequeña muerte que es el año que acaba y nos dan el empujón para pisar con fuerza el que entra.


jueves, 28 de noviembre de 2013

En los libros todos amamos a las cadenas de siete vueltas.


“¿Cómo es posible que cualquier ser razonable se someta a ese yugo de sufrimiento, incurra de manera voluntaria en una cautividad tan servil y a sabiendas acepte verse sujeto a una cadena de siete vueltas?” A esta pregunta intenta dar respuesta Thomas de Quincey en sus “Confesiones de un comedor de opio inglés”. La historia de la literatura está plagada de escritores que, ya sea porque lo han vivido en sus carnes o porque les haya tocado muy de cerca, han descubierto el horror que se esconde tras una adicción.  Su vida y su arte han girado en algún momento en torno a esta esclavitud y porque son genios, son excepcionales, son generosos, han sido capaces de escribir sobre el dolor, la humillación, la culpa.  

“Adicto” proviene del latín, y hace referencia al deudor que, al ser incapaz de pagar su deuda, era entregado como esclavo a su acreedor. No puede haber una imagen más gráfica que esa. El adicto no tiene control sobre su vida y deja de ser persona para convertirse en marioneta del objeto de su amor y su tormento. Solo ama y odia aquello que le destruye. En “Diario de un joven médico”, Mijaíl Bulgákov dedica un capítulo espeluznante al diario de otro joven médico que se hizo adicto a la morfina.  Este descenso a los infiernos está contando en apenas cuarenta páginas que yo haría de lectura obligatoria en institutos. “Tras una inyección aparece, casi instantáneamente, una sensación de tranquilidad que de inmediato se convierte en éxtasis y beatitud. Esto dura solo uno o dos minutos. Después todo desaparece sin dejar huellas, como si no hubiera existido. Llega el dolor, el terror, la oscuridad.”  Sobre el “estado depresivo” que aparece durante el síntoma de abstinencia dice: “No es un es un “estado depresivo”, sino una muerte lenta la que se apodera de un morfinómano cuando se le priva de la morfina, aunque sea por una o dos horas. El aire pierde su consistencia y se hace irrespirable. No hay una sola célula en el cuerpo que no esté ansiosa… ¿De qué? Eso no se puede concretar ni explicar. En una palabra: la persona deja de existir. Está disociada. Es un cadáver que se mueve, se deprime y sufre. No desea nada, no piensa en nada que no sea la morfina. La muerte por sed es una muerte paradisíaca, agradable en comparación con la sed de morfina. Probablemente solo alguien que haya sido enterrado vivo  se agarra así a las últimas minúsculas burbujas de aire que han quedado en el ataúd y se desgarre con las uñas la piel del pecho. Así gime y se agita el hereje en la hoguera, cuando las primeras lenguas de fuego lamen sus piernas… Una muerte seca, una muerte lenta. Eso es lo que se esconde bajo la profesional expresión “estado depresivo”. Si después de leer esto uno sigue con ganas de probar la sensación gloriosa del primer minuto de morfina, ya no tiene remedio.



jueves, 31 de octubre de 2013

En los libros todos amamos al diablo suelto por la ciudad.


Porque necesitamos creer,  porque nuestra sed de conocimiento es infinita y porque sabemos que en el fondo nunca tendremos lo que queremos, el ser humano ha recurrido a la figura del diablo  para recordarnos que lo único que nos va a hacer felices es vivir en la ignorancia. Entendemos que Dios no quiere que sepamos. De ahí lo que le pasó a la pobre de Eva. Cuando queremos saber, cuando queremos la verdad última sobre la vida o sobre nosotros mismos no es a Dios a quien recurrimos. No es a Dios a quien citamos en medio de una encrucijada. Llamamos al Diablo, que no tiene problemas en darnos cuanto queremos, y ni siquiera nos va a pedir que paguemos por adelantado. Es paciente. No tendrá problemas en esperar para obtener lo que más quiere: nuestra alma. Así que nos dará todo, aunque ya veremos que no será suficiente. Pero es que además, normalmente, el diablo pierde. Porque Dios es tramposo. El Diablo también, pero del Diablo ya lo sabíamos. Veremos cómo Dios permite estos juegos, participa en ellos para al final sacarse una cláusula de no se sabe muy bien dónde y redimir al pobre pecador cuyo pecado no es otro que querer acercarse a su creador. El amor es redentor. El arrepentimiento también redime. El diablo, de esta  manera, se las ve y se las desea para cobrar.  Es en noches como esta, 31 de octubre, cuando el mundo de los vivos y los muertos se unen. Es en noches como esta cuando el diablo se pasea por la ciudad.  Estas noches mágicas han inspirado impresionantes historias, geniales argumentos. Inmortales.

En el Estanque del patriarca de Moscú, mientras dos miembros del Dramlit, una suerte de gremio de intelectuales y literatos dedicado a la creación (casi en serie) de obras dramáticas y literarias, se encuentran inmersos en un diálogo sobre la existencia de la figura de Cristo, aparece de la nada el Diablo bajo el nombre de Voland.  Voland, que se encuentra en Moscú para celebrar el baile del plenilunio primaveral se hace acompañar de una peculiar comitiva de malhechores  para arreglarlo todo conforme a su voluntad. A partir de este momento se suceden fenómenos prodigiosos que trastornan la vida de los moscovitas. Entre los afectados está Margarita, a la que Satán ofrece, a cambio de su compañía en una fiesta, la liberación de su amante, el Maestro, que se encuentra en un psiquiátrico después de la mala acogida de su obra sobre Poncio Pilato (que esconde a la figura de Stalin) y Yehosua. Margarita accede y Satán, conmovido por el amor de ambos, los lleva al más allá… y sigue, y sigue, y sigue. Porque hay que leerlo. Imposible hacer una sinopsis justa de esta obra.  El argumento puede parecer disparatado, surrealista, absurdo hasta decir basta. Pero no lo es. Esta novela, El Maestro y Margarita, escrita entre 1928 y 1940 por Mijail Bulgakov y publicada en 1966, son tres novelas en una: la crónica del Moscú enloquecido por Satán, la historia de los protagonistas, y el desarrollo de la propia novela del Maestro. Excesiva, fantástica, grotesca, divertidísima, ante la que planto la rodilla en tierra, es el canto definitivo a la libertad del creación.   

jueves, 26 de septiembre de 2013

En los libros todos amamos el final del amor.


El amor es eterno mientras dura. Esa es la paradoja absolutamente cierta en la que el ser humano cae una y otra vez. Hay un verso de Neruda que la explica: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". No hay más. Las personas cambian, y resulta milagroso que en sus respectivas evoluciones, dos personas que se quieren puedan seguir amándose hasta el final de sus días. Y los milagros son eso, acontecimientos inexplicables por las leyes naturales. Por lo tanto, lo habitual es que el amor se acabe. Y lo que suele dejar tras de sí es un agujero negro lleno de podredumbre, reproches, dolor, amargura. Nada más aterrador que mirar un día a quien lo fue todo y no ver nada. Sobre la pérdida del amor se ha escrito mucho, pero ojo, hay que estar muy bien armado para enfrentarse a algunas páginas (gloriosas) que deberían estar escritas en piedra porque dicen la verdad, advierten de ella, y lo hacen sin vendas y sin respuestas. Hay que haber sufrido mucho para atreverse a plasmar sentimientos tan dolorosos. Si hablar del amor es muy difícil porque lo habitual es caer en el sentimentalismo y la cursilería, hablar de su pérdida es brutal, porque es hablar del horror de morir y seguir vivo. 

La señora Dorothy Parker escribió mucho y escribió muy bien. No es amable, no te deja una sonrisa al final de la lectura de (casi) ninguno de sus cuentos. Pero es muy grande. Una lúcida de las que no abundan. En 1933 escribió "Gloria en pleno día" y en su lugar podría haber pegado un puñetazo en el estómago: el resultado es el mismo. Uno de los motivos por los que se acaba el amor es por falta de cuidado. No basta con que uno de los dos tire del carro. La pareja, o va junta o no va. Por lo tanto, cada miembro debe interesarse por el otro, cuidar al otro, escuchar al otro. "No es demasiado amable estropearle a uno el entusiasmo por algo", le dice la protagonista de este cuento a su marido. Y es que ella, como bien nos dice, no ve a nadie, no oye a nadie. Es un ama de casa acomodada que sueña con poder estar a la altura de las personas que cree más grandes de este mundo: las del cine. Y que vive con un marido huraño, gris, que no es que la desprecie, es que es incapaz de hablar con ella si no es para hacerla sentir ridícula. Por eso, cuando ella, tras una tarde inenarrable al lado de una gran actriz vuelve feliz a su casa, feliz porque entiende que el glamour, las bambalinas pueden ser solo oropel con el que tapar miserias y se muestra contenta, conforme con su vida sencilla, ve destrozado su corazón al no encontrar nada más que indiferencia y crueldad en esa casa, con ese compañero. Y van a seguir juntos, claro. Él no verá mayor problema. Ella sabe desde esa misma noche que la felicidad le va a ser negada para siempre. 



jueves, 29 de agosto de 2013

En los libros todos amamos la verdadera patria.


¿En qué momento empieza a correr el tiempo? Ese es el instante en que se todo acaba. Todos recordamos que antes los veranos eran eternos, que los días se distinguían claramente unos de otros, que nunca te bañabas dos veces en el mismo mar. Todo era nuevo, nada estaba roto. Ya nos encargaríamos mas tarde de ensuciarlo, ajarlo, tirarlo. Durante un momento fuimos superhéroes. Porque éramos inmortales. Porque el dolor dolía más. Porque la felicidad era explosiva. Porque pensábamos que siempre quedaba mañana. Porque no había ayer. Porque la palabra nostalgia no tenía ningún significado. No hay momento más triste que el que pierde todo esto. La conciencia de que hemos perdido la patria, y es que, como dijo Rilke, la verdadera patria es la infancia. La única. En torno a su pérdida se han escrito páginas gloriosas. Pero no nos engañemos: leerlas y llorar con un dolor que nace de lo más hondo del corazón es una misma cosa.  

“Esperas con impaciencia y miedo una explosión que tendrá algo de cataclismo cuando la cuenta atrás llegue a cero y sin embargo no sucede nada”. En “El viento de la Luna”,  Antonio Muñoz Molina nos cuenta que, mientras el hombre llegaba a la luna, él dejaba de ser niño. Las noticias sobre este viaje son el hilo conductor de la novela que nos disecciona su verano de 1969, verano en el que se mezclaron en un cóctel imposible Neil Armstrong y los jornaleros jienenses, el mar de la tranquilidad con el paisaje árido de la Mágina devorada por el sol inclemente del verano, la imaginación de un niño silencioso que leía incansable libros prestados de la biblioteca frente a una familia a la que no entiende y que no le comprende. Porque el mundo está cambiando, pero Mágina no. Este lugar parece sufrir un encantamiento por el cual las cosas se repiten desde siempre y por siempre. Una larga dictadura de la que no se debe hablar parece ser la causante de todo. Nuestro niño, que empieza a dejar de serlo, no entiende nada. O peor, lo entiende todo.


jueves, 25 de julio de 2013

En los libros todos amamos el gesto más humano.


La risa es el gesto más humano. Quizá no sea nuestra especie la única capaz de reír, pero lo que sí es seguro es que es la única capaz de encontrar humor en las situaciones más dispares. Es, incluso, capaz de reírse de sí misma. Creo que nada es más difícil que provocar la carcajada. Sin embargo, la comedia siempre ha sido considerada un arte menor frente a los otros dos grandes géneros: el drama y la tragedia. ¿Por qué? ¿Por qué es más elevado el dolor que la alegría? ¿Por qué valoramos más a quien nos hace llorar que a quien nos hace reír? No tengo respuesta a estas preguntas. Quizá tengamos grabado en el subconsciente eso de que la vida es un valle de lágrimas y no tomamos en serio a quien viene a luchar contra esto. En El Nombre de la Rosa, Umberto Eco proponía una teoría que para mí puede ser definitiva: la risa mata el miedo. Y, por supuesto, al poder eso no le interesa. Me resulta más difícil encontrar obras maestras del humor que del drama, pero las hay, claro que las hay. Hay novelas que son obras maestras tanto de una cosa como de la otra: ahí está nuestro Quijote para demostrarlo. Como cada uno se ríe de lo que quiere, proponemos hoy tres grandes novelas, cada una de ellas, una maravilla en su segmento humorístico: negro, blanco o absurdo. 


Burlando a la Parca, de Joss Bazell, es una novela en la que no puedes dejar de reír ni puedes dejar de sentirte culpable por ello. Se ha dicho de ella que es la mezcla perfecta de House y Los Soprano, y me parece una definición perfecta. Negra negrísima, nos cuenta la historia de un testigo protegido de la mafia, Peter Brown, que ha descubierto dos cosas importantísimas: la primera es que algo tuyo muere cuando matas y la segunda es su inmenso talento para la medicina. Desarrollando su labor en el peor hospital de Manhattan, Peter agradecerá ser experto en artes marciales, especialmente cuando llegue un paciente de nombre Nicholas LoBrutto, quien inmediatamente reconoce en nuestro Peter a su antiguo compañero Pietro Brnwa. Pese a padecer un cáncer de estómago en fase terminal, Nicholas no está dispuesto a morir y exigirá a Peter que le mantenga con vida. De lo contrario, su antiguo jefe sabrá de su existencia… Joss Bazell no solo se burla de la parca en esta novela haciéndonos llorar de risa: realiza también una crítica durísima al sistema sanitario de Estados Unidos, tan absurdo y cruel como esta historia.     



Cuando Gerald Durrell (1925-1995) cumplió diez años, su madre, que se había criado en la India y que estaba harta de resfriados, nieblas e inviernos ingleses, decidió hacer las maletas y mudarse con sus cuatro hijos a la isla griega de Corfú. Cambiamos el frío y la grisura por un mundo lleno de olivares, higueras, villas de colores, jardines silvestres, arenas blancas, aguas turquesas y… toneladas de animales. Y así Gerry, que ya nació obsesionado por todo tipo de bichos, pudo tener tres perros, una burra, una lechuza, una camada completa de erizos de tierra, dos urracas, un palomo, un sapo, una gaviota… Hasta una mantis religiosa llegó a tener. Es este el relato luminoso de la vida del joven autor en estos años, y mezcla con soberbio sentido del humor las excentricidades de su familia y amigos, la belleza virgen de la isla y la rica fauna local. Mi Familia y Otros Animales es un retrato tierno del choque entre varios mundos: el de la infancia con la madurez, o el del carácter mediterráneo con el británico. Durrell retrata como pocos la fascinación que sentimos siendo niños cuando todo es nuevo y todo es por primera vez. Novela de descubrimientos, pocos regalos como este se pueden hacer a alguien que ronde los 13 años. Aunque lo que la convierte en genial es que siga provocando las mismas carcajadas más de veinte años después.



La Aventura del Tocador de Señoras, de Eduardo Mendoza es, para mí, la  máxima expresión del humor enloquecido. Esta historia sigue la trama de dos libros anteriores del autor, “El misterio de la cripta embrujada” y “El laberinto de las aceitunas”. La historia comienza cuando el protagonista abandona el manicomio donde estaba encerrado y vuelve a Barcelona en busca de su hermana Cándida para pedirle ayuda y comenzar una nueva vida. Su cuñado, Viriato, (qué sería de España sin la figura del cuñado) le ofrece trabajar en el negocio familiar, un tocador de señoras, (lo que viene siendo una peluquería) que nuestro protagonista tendrá una particularísima manera de regentar. Cuando su vida parece estable, se ve involucrado en el robo de unos documentos de la empresa, El Caco Español, S. L., y finalmente en el asesinato del presidente de dicha empresa. En acción entran dos mujeres llamadas Ivet, un chofer miope negro, Magnolio, el alcalde de Barcelona y varios personajes estrafalarios más. El “no se vayan todavía, aún hay más”, parece que es el lema de Mendoza, capaz de sumar y sumar situaciones imposibles, absurdas, descacharrantes a personajes desquiciados y mantener todas las bolas en el aire. 




Por Rita Sánchez.

jueves, 27 de junio de 2013

En los libros todos amamos a los grandes viajeros.


Si uno tiene mucho dinero puede escalar el Everest. Si uno tiene mucho, mucho dinero puede, por ejemplo, vivir (sin riesgo) en una isla desierta. Si uno ya está podrido de pasta puede plantearse hasta viajar al espacio. Qué asco de mundo este. Pero hubo un tiempo en el que había que ganarse eso de dejar huella en lugares imposibles. La épica era un concepto real por el que había que pagar un precio, sí, pero en sangre, sudor y lágrimas. Una era en la que el hombre quería saber de verdad si más allá había dragones. Ahora que el ser humano ha explorado casi cuanto hay por explorar y ha llevado su cuerpo al límite, ¿qué queda? Malos tiempos para el honor y la gloria. Pero recordemos que hubo un tiempo, ay, glorioso tiempo, en el que todo estaba por descubrir y todo por superar. Una época de grandes gestas. De ansia de sabiduría y conocimientos: La época de los grandes viajeros.

Que levante la mano quien no sepa quién fue Charles Darwing. Ahora, que la vuelvan a levantar quienes sepan quién fue Robert FitzRoy. Pues bien, el primero tal vez no habría formulado su teoría del origen de las especies si no hubiera conocido al segundo. La extraordinaria novela Hacia los confines del Mundo, de Harry Thompson, nos lleva en el Beagle a ese viaje que lo cambió todo. Darwing, la ciencia y el progreso frente a FitzRoy, la fe y la tradición, mantienen un apasionante choque dialéctico en el que cada uno defiende su manera de entender el mundo y ojo, ambos de manera objetiva y aportando pruebas. Porque te lo cuenta FitzRoy y ves las huellas del diluvio universal. No recuerdo haber leído nada que me haya emocionado tanto como el paso de esta expedición por los Andes. El pulso se acelera, y es que el mundo entero estaba cambiando ante los ojos iluminados del joven Darwing. A partir de ese momento en el que todo cobraba un nuevo sentido la historia vuelve a contarse. Y aunque es fácil pensar que el héroe de esta gran novela es nuestro naturalista, no es el caso. Una daría la vida si pudiera por nuestro capitán, Robert Fitzroy quien encarna como nadie conceptos como ética, moral, honor. ¿Nos cuenta esta novela únicamente la historia de este viaje? No, faltaría más. Nos habla de cartografía, de la conquista de Nueva Zelanda, de las catastróficas consecuencias de creer en el concepto del “buen salvaje” al que es necesario “educar”, de tormentas en el mar (esas que FitzRoy luchó por predecir aun siendo considerado un loco) con olas como paredes que descargan toda su fuerza sobre el bergantín... Por favor, lean esta novela.


jueves, 30 de mayo de 2013

En los libros todos amamos los versos que hieren porque son los que curan).


La poesía es deslumbramiento, si no, no es poesía. Solo es poesía la poesía si es verdad, si duele, si te planta un espejo delante. Un poema te habla, te libera, te puede curar porque pone en palabras lo que te está matando, saca a la luz toda tu ira, todo tu dolor, tu locura. Y de todo eso dice que es real. La poesía o late espléndida rezumando vida o huele a cerrado, a muerte, a mentira. Un poema es un delator. Delata al poeta. De él dice si es un impostor o un lúcido. Si de verdad vive y siente o solo lo finge. Y no hay nada peor que un impostor. A un poema no le puede fallar un verso. La estructura entera de la casa cae por un verso endeble. Quizá por eso el género más elevado de todos, el más auténtico, el más exigente, es este que hoy nos toca.

jueves, 25 de abril de 2013

En los libros todos amamos la versión original de los cuentos de hadas.


¿Cómo eran los niños de los siglos XVIII y XIX? ¿Había infancia? Había niños, eso está claro, pero, ¿alguno de ellos vivió una infancia? A tenor de los cuentos que escribieron Hans Christian Andersen, Charles Perrault y los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, no. Parece que el objetivo de estas narraciones no era ayudar a los peques a dormir tranquilos y tener felices sueños, sino ir enseñándoles de qué iba a ir su vida. Así que estos autores no se ahorraron ni un detalle e incluyeron en sus historias un catálogo preciso de todo el horror que uno puede encontrarse. Sin censura. Aún faltaba mucho para la Declaración Universal de los Derechos Humanos y específicamente para la de los derechos del niño, y posiblemente estos cuentos ayudaron a hacerles crecer más rápido, más despiertos, más recelosos. Siglos después apareció Disney, y no es que suavizara estas historias clásicas, es que les ha dado la vuelta como a un calcetín. Sangre, asesinatos, violaciones, incesto. Todo esto podemos encontrar. Aquí les dejo una selección de cuentos infantiles para mayores de 18 años.
Ilustración extraída de aquí.
 Cenicienta, cuento favorito de casi todas las niñas (qué daño hace, por otra parte) se lo debemos a los hermanos Grimm: Jacob (1785-1863) y Wilhelm (1786-1859). Los orígenes de la adorable Cenicienta no fueron tan adorables en su versión original. Toda la crueldad que la pobre Cenicienta tuvo que sufrir a manos de su dominante madrastra no fue del todo inmerecida: la siniestra Cenicienta consigue asesinar a su primera madrastra para que su padre se case con el ama de llaves. Supongo que Cenicienta no contaba con que las seis hijas de la ama de llaves se mudaran a la casa o con la interminable lista de deberes que eso implicaba. Lección que nos enseña el cuento: Más vale malo conocido que bueno por conocer.
 Hansel y Gretel (Grimm): Este cuento de hadas comienza casi igual que el que conocemos todos: Una pareja de hermanos se pierde en el bosque y llegan a una casa donde quedan atrapados en jaulas: van a ser cebados para ser comidos. Pero en esta versión no es una bruja malvada la que captura a los niños, sino el mismísimo Diablo y su esposa. El Diablo fabrica un caballete aserrado para que el niño pequeño sangre hasta morir y se va a dar un paseo, diciéndole a la niña que ponga a su hermano en el caballete aserrado antes de que vuelva. Los pequeños se hacen los confundidos y le piden a la esposa del Diablo que les muestre como deberían poner al niño en el caballete aserrado. Cuando ella les enseña cómo, ellos la amarran y le cortan la garganta. Luego se roban todo el dinero del Diablo y se escapan en su carruaje. El Diablo los persigue tras descubrir lo que los niños habían hecho, pero muere en el proceso. Lección que enseña el cuento: En defensa propia vale lo que sea.
 Blancanieves: Al final de la versión original, escrita cómo no, por los hermanos Grimm, la perversa reina es fatalmente castigada por intentar asesinar a Blancanieves. El método que usaron para castigarla fue de lo más innovador: La malvada reina fue obligada a bailar usando un par de zapatos de hierro al rojo vivo hasta que cayera muerta. Lección del cuento... Por lo menos tiene dos. Para Blancanieves: No te fíes de desconocidos, y menos si traen regalos. Para la madrastra: Aprende a envejecer con dignidad.
 La Sirenita: Seguramente están familiarizados con la versión de Disney de la historia de la sirenita, en la que Ariel sale del agua para casarse con el hombre de sus sueños gracias a la ayuda de su amigo, el cangrejo Sebastián y pese a las trampas de la malvada bruja del mar. En el cuento original de Hans Christian Andersen, sin embargo, la protagonista solo puede pisar tierra para estar con el apuesto príncipe si acepta beber una poción que la hará sentir todo el tiempo como si caminara sobre cuchillos. Enamorada como está, ella bebe la poción. Tal vez crean que este acto de amor verdadero sería suficiente para que nuestra protagonista se casara con su príncipe y vivieran felices para siempre, pero no. El príncipe se casará con otra, y la pequeña sirena, rota de dolor, se verá en una encrucijada: podrá volver al mar, pero para ello deberá matar al príncipe o podrá dejar vivir a su príncipe, pero entonces ella deberá morir convirtiéndose en espuma. Lección del cuento: es terrible el despertar de los sueños imposibles.   
 En Caperucita Roja,  Perrault, no nos regala un final feliz. En el cuento  original, el lobo se come a la abuelita y a Caperucita sin que aparezca ningún leñador para salvarlas: "Abuelita, ¡qué dientes más grandes tienes! "Son para comerte". Y diciendo estas palabras, el malvado lobo se arrojó sobre Caperucita y se la comió. FIN.  Perrault quiso dejarle claro a las niñas qué consecuencia terrible tiene dejarse engañar por un lobo (y no hay que engañarse a una misma: si tiene orejas de lobo, aliento de lobo y dientes de lobo, es un lobo. Y eso se nota, por muy disfrazado que llegue). 
 Y llegamos al número uno de los cuentos clásicos gore: La Bella Durmiente. La primera versión data de 1636 y corre a cargo de Giambattista Basile, bajo el título de "Sol, Luna y Talía". Talía es la hija de un gran rey. Sabios y astrólogos advierten al rey de que su hija corre el riesgo de morir por una astilla envenenada oculta entre el lino. El rey prohibirá la entrada de lino en su palacio oculto en el bosque, pero su hija encontrará una rueca, se clavará una astilla y caerá en un profundo sueño... Hasta aquí, todo normal. Es a partir de este momento cuando la cosa cambia: un noble que suele cazar en el bosque llega al palacio encantado, encuentra a nuestra princesa, queda prendado de su belleza, intenta despertarla, no puede, la besa, la pobre sigue sin despertarse y ya, viendo que no había forma, "mantiene relaciones sexuales" con ella. Nueve meses después nacen gemelos: Sol y Luna. Un día, uno de los niños, mientras intenta mamar del pecho de su madre, chupa accidentalmente del dedo y le extrae la astilla, despertando a nuestra princesa. Pasa el tiempo y el joven príncipe, recordado a nuestra Talía, decide darse otra vuelta por palacio y cuál es su sorpresa cuando la encuentra despierta y con dos niños. El noble reconoce a sus hijos, le explica a Talía lo que ha pasado y ella decide seguir con él.  Tras una semana de amor apasionado y total, el príncipe se va. Lo que no le dice a Talía es que se va a su casa, con su esposa. Ahora viene otra parte buena, buena: El príncipe habla en sueños. Su mujer se entera así de toda la historia y se coge tal rebote que manda al cocinero de palacio a que secuestre a los bastardos, los degüelle y prepare un estofado con su carne. A Talía se conforma con quemarla viva. La esposa explica a su marido que ha quemado viva a Talía y que durante la comida se ha comido a sus hijos. En ese instante, el noble ordena que su esposa y el cocinero sean quemados también en la hoguera. Sin embargo, Talía no llega a morir y el cocinero explica que ha sido incapaz de hacer daño a los niños y los ha sustituido por carne de cabra. El príncipe y Talía se casan y el cocinero asciende a tesorero real. La enseñanza de este cuento he de confesar que se me escapa.
Por Rita Sánchez.

sábado, 30 de marzo de 2013

En los libros todos amamos las luces y sombras de los conquistadores españoles.

Para algunos solo son luz; para otros, solo sombra. Aventureros, descubridores, para los primeros. Asesinos, genocidas, para los segundos. Para mí son una mezcla de las dos cosas. Creo que todos debemos admitir la imposibilidad de juzgar con nuestros códigos acontecimientos que ocurrieron hace más de quinientos años. Está claro que todos aquellos que se metieron en unas cáscaras de huevo que hacían las veces de barcos para cruzar el océano no lo hicieron con el objetivo de llevar la hermandad y los buenos sentimientos allende los mares. Por supuesto que fue por la fortuna y en ínfima medida tal vez, por el honor y la gloria. Que hubo un desprecio absoluto a la población indígena, sí, lo hubo. Que saquearon, violaron, robaron, mataron, sí, lo hicieron. Pero que también hubo muy pronto quien alzó su voz para defender a los indios. Y que no voy a ser yo quien juzgue a los conquistadores españoles. Que fueron una panda de maleantes, mentirosos, fulleros, trileros. Sí, sí, si y sí. Lo fueron. Todos ellos sin faltar uno. Pero que quien no quiera saber cómo se conquista un continente en un plazo mínimo de tiempo con una cantidad mínima de personas que levante la mano. A ver a quién no le hipnotiza leer cómo el más listo de todos ellos dejó tranquilamente que le creyeran un dios. Que fue el mismo que más tarde organizó unas buenas fallas con sus propios barcos. Eso es épica. Que ojalá la historia de la humanidad se escribiera en base a los besos en la boca que nos hemos dado. Pero que los grandes cambios históricos se han producido lamentablemente a sangre y fuego. Uno conquista otro es conquistado. En esta ocasión los españoles fuimos los conquistadores. Posteriormente expulsados. Esta es parte de la historia de los primeros.

jueves, 28 de febrero de 2013

En los libros todos amamos los títulos más censurados de la Historia.


Leer, señoras y señores, es la actividad subversiva por excelencia. Ya lo decía ese observador total de la condición humana que fue Stefan Zweig en su momento estelar de la humanidad titulado "El tren de Libre Circulación": "...Este hombre, pues, pasa inadvertido, lo cual es muy comprensible, dada su reservada manera de vivir. Evita toda compañía. Las gentes de aquella casa tienen pocas ocasiones de ver la acelerada y oscura mirada de sus oblicuos ojos. Visitas apenas recibe. Pero con regularidad constante va cada día a las nueve de la mañana a la biblioteca pública, permaneciendo en ella hasta las doce, hora en que esta cierra.  A los diez minutos está ya en su casa para tomar su frugal comida y vuelve a salir a la una menos diez para ser nuevamente el primero en llegar a la biblioteca, donde permanece hasta las seis de la tarde. Los reporteros y agentes de noticias solo se fijan en los hombres que se mueven mucho, sin darse cuenta de que son siempre los solitarios, los ávidos de sabiduría los que encierran ideas revolucionarias, y no se interesan por aquel insignificante individuo que vive en casa de un zapatero. En los círculos socialistas se sabe de él que fue redactor en Londres de un pequeño diario de tendencias radicales publicado por los emigrados rusos, y que en San Petersburgo se le cree el jefe de cierto partido aislado del que es preferible no acordarse; pero como habla dura y despectivamente de las personas más destacadas del partido socialista, considerando equivocados sus planes, y como se manifiesta intransigente y por completo opuesto a toda conciliación, no se preocupan mucho de él. Claro está que convoca de vez en cuando, por la noche, alguna reunión en un café proletario, pero solo acuden a ellas unas quince o veinte personas, jóvenes en su mayoría, y por lo tanto se considera a aquellos solitarios individuos como el resto de esos emigrados cuyos cerebros se exaltan a base de abundante te y muchas discusiones. Nadie concede importancia al hombrecillo de frente voluntariosa; no hay persona en Zürich capaz de querer grabar en su memoria el nombre del célebre huésped del zapatero, de ese Vladimiro Ilitch Ulianov. Y si por entonces alguno de los lujosos automóviles que iban apresuradamente de embajada en embajada lo atropellara, causándole la muerte en plena calle, tampoco el mundo le hubiera reconocido ni bajo el nombre de Ulianov ni por el de Lenin".

¿Desde cuándo los libros han sido una fuente de preocupación para el poder? Pues posiblemente, desde que alguien estuvo tan rematadamente harto, tan increíblemente frustrado que tuvo la idea de volcar toda su ira en una tablilla. Y esa primera tablilla se la dio a alguien que se la dio a otro alguien. Y seguro que ya entonces hubo otro alguien más que se enteró de la existencia de esta tablilla incendiaria y supo inmediatamente que había que parar el invento. El poder siempre ha temido el pensamiento propio, las nuevas ideas, la posibilidad de la revolución. Apagar de raíz la mecha de la disconformidad fue quizá  el principal factor que impulsó a lo largo de los siglos a la quema, recorte y prohibición de libros. No recuerdo dónde leí que ya en Mesopotamia determinadas tablillas fueron destruidas por ser consideradas impías, impropias, incendiarias. Pero no hay que irse ni a la Edad Media ni a Mesopotamia: la historia de dos pingüinos macho que adoptan una cría hizo poner el grito en el cielo a parte de la sociedad estadounidense más conservadora. Hasta el pobretico de  Harry Potter fue acusado de satanismo. Total, que los libros han sido, son y serán maltratados (ya hablaremos de sus autores otro día) por considerarse peligrosos.  Por supuesto contamos con la famosa lista Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum de la Santa Madre Iglesia (que dejó de actualizar en 1966, gracias), y a día de hoy se mueve en numerosos círculos el famoso índice del Opus Dei, que puntúa los libros por peligrosidad del 1al 6 (1:Libros que pueden leer todos, incluso niños: Ej.: Heidi, Marco, algunos cuentos de los Hermanos Grimm, todos los libros de los miembros de la Obra... 6:Lectura prohibida. Para leerlos se necesita permiso del Padre (Prelado)). A continuación voy a enumerar algunos de los libros que más han preocupado y movilizado a dirigentes políticos y religiosos, comunidades de padres preocupados y otros conservadores.


jueves, 31 de enero de 2013

En los libros todos amamos la lucha contra el tirano.


Henry James dijo: "No basta con maldecir la oscuridad, debemos prender una luz". Levantarse, decir no y enfrentarse al tirano va a ser hasta el fin de los tiempos la batalla definitiva. La del individuo frente al poder. La del orgullo de uno frente a la maquinaria omnipotente. Los grandes personajes que han levantado la cabeza y la han movido de derecha a izquierda una  y otra vez han solido recibir a cambio incomprensión, dolor, y, generalmente, muerte. Pero ha sido su luminoso ejemplo el que ha conseguido que otros entendieran que frente al tirano solo cabe el combate. Y que es la única lucha que merece la pena.

La muerte de Antígona es el tema de una las más famosas tragedias de Sófocles. Desde el año 440 a.C hasta hoy, cientos de Antígonas han sido escritas, y miles han sido interpretadas a partir de la magistral obra del inmortal Sófocles. Antigona es hija de Edipo y de Yocasta. Fue ella quien acompañó a su padre en el exilio hasta su muerte y ella y solo ella la que, en contra de las órdenes de Creonte, rey de Tebas, dio sepultura a su hermano Polínices, muerto en batalla contra su propio hermano Etéocles. Ante semejante desobediencia, Creonte la condena a ser enterrada viva, pero Antígona se anticipará al tirano, se revelará de la única manera que puede: con el suicidio. Hemón, su prometido e hijo de Creonte, también se dio muerte junto a su tumba, confirmándose así el funesto destino del clan Layo, de la familia de Creonte y de la ciudad de Tebas. Antígona es el más alto y mejor exponente literario de la lucha del individuo contra el poder.

¿Qué hacer ante un gobierno totalitario que controla todos y cada uno de los movimientos de sus ciudadanos y castiga incluso a aquellos que delinquen con el pensamiento? Pues lo que hizo Winston Smith: Rebelarse, siendo además plenamente consciente de las terribles consecuencias que puede acarrearle la disidencia. Nuestro héroe se unirá a la ambigua Hermandad, por mediación del líder O'Brien. Poco a poco, sin embargo, Winston va comprendiendo que ni la Hermandad ni O'Brien son lo que aparentan, y que la rebelión quizá sea un objetivo inalcanzable. Magnífico análisis del poder y de las relaciones y dependencias que crea en los individuos, 1984, de George Orwell, es una de las novelas más desasosegantes del siglo XX.

Jean Louise Finch, más conocida como Scout, evoca un momento del final de su niñez en Alabama cuando su padre, Atticus, decide defender ante los tribunales a un hombre negro acusado de violar y matar a una mujer blanca. La masa aparece en esta novela como el peor de los tiranos. Aquí están la ignorancia, la crueldad, el racismo,  la violencia que nace desde el más hondo complejo de inferioridad y crece, y se desarrolla como un tumor hediondo imposible de extirpar. A esto es a lo que se enfrenta nuestro héroe ¿Es, por tanto, Atticus Finch el personaje más honorable de la historia de la literatura? Entre los cinco primeros está, sin duda. Matar a un Ruiseñor es la inmortal primera y (de momento ) única novela de Harper Lee. Esta señora no ha necesitado más que un libro para dejarlo todo dicho. Muy grande. Muy sabia. 

Por Rita Sánchez.