La lluvia ha dado una tregua.
La llegada del buen tiempo ha animado la vida en el exterior. En el momento
de los aplausos nos fijamos en la belleza aleatoria del vuelo de las bandadas de
pájaros y en los nuevos nidos bajo los alféizares de las viviendas vacías.
Ayer, en la nueva banda sonora de una ciudad en pausa, se coló un zumbido. Duró unos minutos largos para apagarse poco a poco, alejándose. Pero volvió a estar presente en mi duermevela.
Hoy por la tarde, mientras
nos saludamos los vecinos, regresa el zumbido, mucho más nítido. Una vecina
señala hacia un punto en el cielo y saluda alegre. Me cuesta verlo por el barullo de antenas
y ropa entendida, pero al volar a mayor altura el dron es por fin visible. Es pequeño, pero
rápido en sus movimientos. Se coloca a poca distancia de los balcones ocupados.
Los pájaros revolotean curiosos a su alrededor. Durante unos minutos es la distracción
del vecindario hasta que desaparece entre los edificios.