Suena rotundo, expresivo en su simpleza. En las primeras palmadas no le presto atención. Hace un mes se acabó la ceremonia comunitaria del aplauso, sin previo aviso. Ha vuelto el manto sonoro de la calle, pero en ondas de crisis. Por el ojopatio llega el eco reverberado de las tertulias televisivas. La olla exprés y la lavadora centrifugando compiten en decibelios. Y sin embargo, sobre esos sonidos, se impone un aplauso continuado, de ritmo constante. Ni se acelera ni altera el compás uniforme. Se lo atribuyo a alguien que se suma a alguna de tantas convocatorias de apoyo o rechazo. Dura aproximadamente dos minutos. No le doy mayor importancia y en casa tampoco nadie lo comenta.
En estos días espero la llamada para reincorporarme al trabajo. El confinamiento ha terminado y sigo encerrado entre las cuatro paredes, aunque pueda salir al exterior. Estoy cansado de hacer la misma ruta de los paseos. Moverme por otras plazas y espacios es reencontrarme con personas que han retomado el sentido de su día a día. Hay quien me da soluciones para cualquier problema vital, económico y gubernamental. Yo solo me encojo de hombros y contesto que espero una llamada.












